Estudiantes cuentan cómo vivieron la inauguración del sábado 5 de septiembre, entre antorchas, himnos y barras que no dejaron de sonar en todo el patio.
El sábado 5 de septiembre no fue un sábado cualquiera. El horario de clases se mantuvo como siempre, pero sabíamos que la jornada tendría un momento especial: la inauguración de las Olimpiadas Exitinas 2026.
Desde que llegamos al colegio se sentía que algo distinto estaba por comenzar. La espera creció durante las primeras horas y, tras el primer recreo, llegó el momento de dejar cuadernos y pupitres para reunirnos como estudiantes, compañeros y equipos.

Nos formamos en filas junto a nuestros salones, cada uno con la camiseta de su equipo y su barra lista para hacerse escuchar. Voces, cantos y gritos de ánimo llenaron el ambiente mientras esperábamos el inicio de la ceremonia. Por unos minutos dejamos de ser solo alumnos de distintos grados para convertirnos en parte de una misma celebración: cada camiseta, cada color y cada barra representaba el entusiasmo con el que íbamos a vivir las Olimpiadas.
La ceremonia siguió con la juramentación, donde asumimos el compromiso de participar con respeto, responsabilidad y espíritu deportivo, y con una oración que marcó el inicio de la jornada bajo un sentido de unión. Después entonamos el Himno Nacional y el Himno Exitino, un momento en el que sentimos el orgullo de representar tanto a nuestra institución como a nuestros salones y equipos.
Uno de los instantes que más nos llamó la atención fue el recorrido de la antorcha, llevada por estudiantes deportistas mientras el resto del colegio observaba reunido. Se convirtió en el símbolo de energía y espíritu deportivo que marcó el inicio de esta nueva edición. Las competencias no se desarrollaron ese mismo día, pero la ceremonia fue la puerta de entrada a todo lo que vendría después.


El otro gran momento lo pusieron nuestros compañeros de quinto de secundaria, quienes como promoción presentaron una danza alusiva al país que les tocó representar. No nos quedamos como simples espectadores: los alentamos con nuestras barras y terminamos uniéndonos en una danza conjunta, un recordatorio de que las Olimpiadas no se tratan solo de competir, sino también de apoyar, compartir y celebrar entre compañeros.
Al cierre de las presentaciones, cada salón pasó al frente para tomarse una fotografía junto a su equipo, una forma de dejar registrado el día y guardar el recuerdo de una jornada compartida.

Terminada la inauguración, volvimos a nuestros salones para continuar con las clases hasta la salida, a las 3:30 de la tarde. El contraste fue curioso: minutos antes estábamos cantando y alentando, y poco después regresábamos a los cuadernos y las actividades académicas, aunque la emoción de lo vivido se mantuvo en las conversaciones del resto del día.
Nos fuimos con la sensación de haber vivido algo especial. Las Olimpiadas apenas comenzaban, pero ya habían dejado una primera marca: reunirnos, representar a nuestros equipos, cantar, bailar, alentar y compartir como una sola comunidad.
No fue solo una inauguración: fue el primer recuerdo de una experiencia que viviremos juntos.